El sentido del dolor, la lección de un orfebre

Buenos días
El tema que les aporto hoy tiene que ver con el Amor que Dios nos tiene, y de qué recursos se vale Él para hacernos llegar puros a su seno.
En lo particular, logro obtener alguna nueva idea, un asomo por una nueva rendija de lo que es la Vida Eterna: no habrá en ella ninguna gota de maldad, ni contaminación, ni afectación de dolor o desconsuelo o temor.
¡Tanta felicidad en regalo y a cambio del dolor! 
¡Qué importante resulta la educación que recibimos, la adecuada formación en el Catecismo, en la Fe, en la Esperanza y en el Amor! 
¡Qué entrañable atención pone Dios a su obra... cada uno de nosotros somos su obra más querida! Él nos quiere tanto, que nos depurará hasta que seamos puros, realmente puros!
¡Qué Dios los bendiga y Nuestra Señora del Monte Carmelo guíen sus pasos!
Gustavo Calderón
Una de las realidades más difíciles de comprender y aceptar es la del sufrimiento. La Iglesia, contando con el tesoro de la revelación, logra descifrar el misterio que guarda.
El Papa Pablo VI dirigía unas palabras al hombre contemporáneo, “frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin límite” y lo invitaba a contemplar a la Virgen, pues en ella ya se ha llevado la obra de la redención, ella ha vencido y nos ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora.
Ella nos muestra la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea… de la vida sobre la muerte” (Exhortación apostólica Marialis cultus, n. 57).
Pero esa victoria pasó antes por la cruz. Dios permitió que la Virgen María estuviera acompañando a su hijo en la cruz, en el momento del ofrecimiento de su vida, uniéndose a la voluntad del padre. Por ello, su sufrimiento, y el de todos los que sufren, tienen un gran valor, un valor redentor.
Reflexionemos un instante…
Había un grupo de mujeres que se reunían cada semana para estudiar la sagrada escritura. En una ocasión leían a Malaquías en donde dice: “y él se sentará como fundidor y purificador de plata” (Mal 3,3).
Les intrigó en gran manera lo que podría significar aquello respecto al modo de actuar de Dios. Así que una de ellas se ofreció para investigar el proceso de la purificación de la plata.
Esa semana, arregló una cita con el orfebre para ver su trabajo. No le mencionó detalles acerca de la verdadera razón de su visita, sólo le contó que tenía curiosidad y quería saber cómo se purifica la plata.
Mientras observaba al orfebre sostener una pieza de plata sobre el fuego dejándolo calentar intensamente, él le explicó que para refinar la plata debía sostenerla en medio del fuego, donde las llamas arden con más fuerza, y así sacar las impurezas.
En ese momento ella imaginó a Dios que nos sostiene en un lugar así de caliente, que es el dolor. Y recordó el versículo: “y él se sentará como fundidor y purificador de plata”.
Le preguntó al platero si era cierto que debía permanecer sentado frente al fuego durante todo el tiempo que la plata era refinada. El orfebre respondió: “sí, por supuesto. No sólo debo estar aquí sentado sosteniendo la plata, también debo mantener mis ojos fijamente en ella durante el tiempo que está en el fuego. Si la plata quedara en el fuego un instante más de lo necesario, sería destruida”.
Después de un momento de silencio, la mujer preguntó: “¿cómo sabe cuándo está completamente refinada?” el orfebre sonrió y le respondió: “ah... es muy fácil: cuando puedo ver mi imagen reflejada en ella”.
La señora comprendió las palabras de la biblia: Dios permite el dolor porque es a través de él que nos purificamos de nuestras faltas hasta lograr mostrar la imagen de su Hijo, de Cristo.
Benedicto XVI, invitaba a tratar a los enfermos como a otro Cristo: en el rostro de cada ser humano, sobre todo en el que está probado y desfigurado por la enfermedad, brilla el rostro de Cristo, el cual dijo: “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).